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November 3, 2016

La civilización del Anáhuac tenía a un solo Dios que era innombrable, invisible e impalpable. Que se había creado así mismo y había creado el universo, que podía estar en todas partes al mismo tiempo. Poseía muchas advocaciones esta deidad suprema, como los cristianos tienen once mil advocaciones diferentes de una sola Virgen. Si analizáramos las costumbres y tradiciones de nuestra civilización Madre, dimensionaríamos su gran potencial.

Desde tiempos inmemorables se realizaba una ceremonia llamada “Del Fuego Nuevo”. En efecto, cada 52 años que se cumplía el ciclo cósmico en que el Sistema Solar gira exactamente en torno a las estrellas llamadas Las Pléyades. Se tenía la creencia que cuando finalizara este ciclo se podía iniciar el fin del Quinto Sol. De modo que el día en que terminaba el ciclo de 52 años se apagaban todos los fuegos y se recogían las representaciones de los dioses, tanto de las casas como de los templos. La gente de los pueblos se encaminaba al cerro tutelar y ahí se ponían a orar para que saliera el sol y se aseguraran otros 52 años de vida del Sol en el que vivimos. Era parte del ritual que en el cerro se hacían pedazos las representaciones de los dioses que habían estado vigentes durante el ciclo de 52 años que estaba terminando ese día. Esta es la razón por la cual en casi todos los pueblos antiguos de México, existe un cerro en el que se encuentran gran pedacería de cerámica ritual (tepalcates). Cada 52 años se destruían sin excepción todas las formidables y magistrales piezas de cerámica sagrada.

Cuando aparecían los primeros rayos de luz del nuevo día, todo se convertía en fiesta, pues estaban asegurados otros 52 años de vida del Quinto Sol. La gente bajaba del cerro entonando himnos religiosos y se hacía una ceremonia muy importante llamada “Del Fuego Nuevo”, donde se encendía un fuego que duraría otros 52 años en los templos y en los hogares de la población.

He aquí lo trascendente. De inmediato se mandaban hacer las nuevas representaciones de las advocaciones del Dios innombrable, invisible e impalpable. Aquél por quién se vive. De este modo los artistas volvían a crear en barro y otros materiales estas figuras que vivirían en el centro de su sacralidad justo 52 años.

Tomado de:  http://www.toltecayotl.org/

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